"Las culturas laborales inmaduras pueden transformar derechos en motivos de cuestionamiento, necesidades de cuidado en supuestos privilegios y decisiones personales en juicios sobre nuestro valor profesional."
Desde que soy mamá, hay muchas cosas que empecé a mirar de otra manera, especialmente cuando pienso en cómo conviven la maternidad y la vida profesional. Siempre me interesó crecer en mi trabajo, asumir responsabilidades, aprender y formar parte de equipos donde las personas pudieran desarrollarse. Y aunque la maternidad transformó muchas de mis prioridades y la manera en que organizo mis días, sigo sintiendo ese mismo entusiasmo por lo que hago y por todo lo que todavía quiero construir.
Lo que sí cambió fue mi sensibilidad frente a determinadas situaciones que atraviesan las mujeres cuando se convierten en madres. Situaciones que quizás conocemos de escuchar historias ajenas, que vemos suceder en otros entornos o que simplemente nunca imaginamos que podrían formar parte de nuestra propia experiencia.
Explicaciones permanentes
Me resulta difícil comprender cómo, en una época en la que hablamos tanto de inclusión, bienestar y conciliación entre la vida personal y el trabajo, todavía existen organizaciones donde la maternidad parece convertirse en una condición que requiere explicaciones permanentes. Explicaciones sobre nuestros horarios, las responsabilidades de cuidado, las enfermedades de nuestros hijos o las decisiones que tomamos para organizar nuestra vida familiar mientras continuamos trabajando.
Por suerte, también existen empresas que han entendido que acompañar a las personas en distintas etapas de su vida es parte de construir equipos saludables y sostenibles. Organizaciones que trabajan desde la confianza, que respetan las circunstancias individuales y que comprenden que una mujer puede convertirse en madre y continuar siendo una profesional comprometida, capaz de liderar, asumir desafíos y aportar valor.
Sin embargo, hay otras realidades donde las responsabilidades que llegan con la maternidad empiezan a observarse con cierta desconfianza, donde los acuerdos laborales generan comparaciones entre compañeros y donde algunas personas parecen sentirse habilitadas a emitir juicios sobre situaciones personales que desconocen.
Las culturas laborales inmaduras pueden transformar derechos en motivos de cuestionamiento, necesidades de cuidado en supuestos privilegios y decisiones personales en juicios sobre nuestro valor profesional.
Resolver sobre la marcha
Como mamá, sé que hay muchísimas cosas que aprendemos a resolver sobre la marcha. La crianza está llena de imprevistos, de cambios de planes y de decisiones que tomamos intentando encontrar el mejor equilibrio posible entre nuestras responsabilidades. Hay días en los que todo parece funcionar y otros en los que necesitamos reorganizar absolutamente todo, porque nuestros hijos se enferman, porque aparecen situaciones familiares inesperadas o porque simplemente la vida tiene sus propios tiempos.
Quienes trabajamos y maternamos convivimos con esa realidad todos los días, mientras seguimos atendiendo reuniones, cumpliendo objetivos, acompañando equipos y pensando en nuestro desarrollo profesional. Cada familia encuentra su propia manera de organizarse, con los recursos y las posibilidades que tiene, y creo que esa diversidad de circunstancias merece una mirada mucho más respetuosa de la que a veces encontramos en ciertos entornos laborales.
Me preocupa especialmente la facilidad con la que algunas personas se sienten con derecho a interpretar la vida de los demás a partir de información incompleta. Una ausencia, una modalidad de trabajo diferente o una decisión familiar pueden convertirse en motivo de conversación y, en ocasiones, en argumentos para cuestionar la responsabilidad o la capacidad profesional de alguien.
Detrás de esas pequeñas partes de nuestra vida que los demás pueden observar hay una realidad mucho más amplia, llena de circunstancias que probablemente nunca lleguen a conocer. Y creo que deberíamos ser bastante más cuidadosos antes de emitir juicios sobre situaciones que pertenecen a la intimidad de otra persona.
Libertad de expresión y responsabilidad
Esto también me lleva a pensar en el lugar que ocupa la libertad de expresión dentro de las organizaciones. Me parece fundamental que existan espacios donde podamos conversar, expresar desacuerdos, cuestionar decisiones y plantear aquello que consideramos necesario mejorar. He trabajado liderando equipos y sé cuánto valor puede aportar una conversación sincera, incluso cuando aparecen diferencias difíciles de resolver.
Pero esa libertad también requiere responsabilidad, respeto y cierta conciencia sobre el impacto que nuestras palabras pueden tener en los demás. En algunas culturas laborales parece haberse instalado la idea de que cualquier comentario debería ser aceptado simplemente porque alguien tiene derecho a expresar lo que piensa. Y cuando esa interpretación se lleva al extremo, terminamos permitiendo que opiniones personales invadan cuestiones relacionadas con la salud, la maternidad, la vida familiar o los derechos de otros trabajadores.
Creo que una organización madura debería poder reconocer esos límites y generar conversaciones donde las preocupaciones profesionales se aborden con criterios claros, sin necesidad de convertir la intimidad de las personas en un espacio abierto al juicio de sus compañeros.
La responsabilidad de liderar
Desde mi experiencia liderando personas, aprendí que una parte fundamental de ese rol está relacionada con la capacidad de escuchar, acompañar y tomar decisiones que contribuyan a construir relaciones de trabajo saludables. La gestión de equipos tiene una dimensión humana enorme y, aunque muchas veces concentramos nuestra atención en los resultados, los objetivos y la organización de las tareas, también necesitamos prestar atención a cómo se sienten las personas dentro de los espacios que compartimos.
Hay situaciones que nos exigen intervenir, establecer límites y asumir conversaciones incómodas. Y creo que la madurez de un liderazgo se demuestra especialmente en esos momentos, cuando aparecen conflictos que requieren criterio, sensibilidad y responsabilidad.
Me parece preocupante que todavía existan personas en posiciones de liderazgo que minimicen comportamientos agresivos, justifiquen comentarios inapropiados o eviten involucrarse cuando alguien plantea que se siente vulnerado. Esa manera de gestionar los conflictos puede terminar generando entornos donde las personas pierden la confianza y comienzan a sentir que expresar una preocupación representa un problema adicional.
Por eso considero tan importante la responsabilidad de las organizaciones en la elección y el desarrollo de quienes ocupan cargos de liderazgo. Tener experiencia, conocimientos técnicos o capacidad para alcanzar resultados son cualidades valiosas, pero la gestión de personas también requiere empatía, criterio y una comprensión profunda de las consecuencias que pueden tener nuestras decisiones sobre quienes trabajan con nosotros.
Lo que la maternidad me enseñó sobre esto
A veces hablamos de culturas organizacionales como si fueran conceptos abstractos, asociados a valores que aparecen en una presentación o a iniciativas de bienestar que se comunican internamente. Sin embargo, quienes formamos parte de una empresa experimentamos esa cultura de manera mucho más concreta, a través de las relaciones que construimos, de la confianza que sentimos y de las respuestas que encontramos cuando atravesamos situaciones difíciles.
En el caso de las madres trabajadoras, esa cultura también se expresa en cómo se reconocen nuestros derechos, cómo se gestionan las necesidades vinculadas a los cuidados y qué lugar encuentran las responsabilidades familiares dentro de la organización cotidiana del trabajo. Y creo que todavía tenemos muchísimo por aprender sobre esto.
La maternidad nos enfrenta a cambios importantes y a una reorganización constante de nuestra vida, pero también nos permite desarrollar nuevas habilidades, ampliar nuestra mirada sobre las personas y comprender con mayor profundidad la importancia del tiempo, la empatía y la flexibilidad.
Personalmente, siento que convertirme en mamá enriqueció muchas dimensiones de mi vida profesional. Me hizo más consciente de las distintas realidades que pueden atravesar las personas que integran un equipo y de la importancia de construir relaciones laborales donde exista espacio para comprender esas diferencias.
También me hizo pensar más en el impacto que nuestro entorno de trabajo puede tener sobre la vida que construimos fuera de él. Porque hay días en los que volvemos a casa con preocupaciones que todavía no conseguimos dejar atrás, conversaciones que seguimos procesando o situaciones que nos generan angustia. Y cuando somos madres, muchas veces ese regreso coincide con el momento de reencontrarnos con nuestros hijos, de compartir una tarde, de jugar, de acompañarlos en sus rutinas y de intentar estar presentes después de una jornada llena de responsabilidades.
A veces pienso en cuánto de nuestra energía emocional queda comprometida por experiencias laborales que podrían gestionarse de maneras mucho más humanas.
El mundo que les quiero dejar
Por eso valoro especialmente a las organizaciones que comprenden esta dimensión humana del trabajo y que se esfuerzan por construir condiciones donde las personas puedan desarrollarse profesionalmente sin sentir que sus circunstancias personales representan una dificultad permanente. Creo que esas empresas son una demostración de que es posible construir culturas laborales exigentes, profesionales y orientadas a resultados, donde también exista respeto por las distintas etapas de la vida de las personas.
Me gustaría que hablar de maternidad en el ámbito laboral dejara de estar tan asociado a la necesidad de justificar decisiones, explicar circunstancias personales o defender derechos que deberían encontrarse naturalmente integrados en las políticas y en la cultura de cualquier organización. Que las conversaciones sobre nuestro trabajo puedan centrarse en nuestro desempeño, nuestras capacidades, nuestros desafíos y las oportunidades de seguir creciendo.
Pienso mucho en el futuro que me gustaría para mis hijas y en el tipo de mundo laboral que quisiera que encontraran si algún día deciden convertirse en madres y desarrollar una carrera profesional. Me gustaría que pudieran vivir ambas experiencias con libertad, tomando sus propias decisiones y encontrando entornos donde su valor profesional sea reconocido sin que sus responsabilidades familiares se conviertan en motivo de cuestionamiento.
Sé que todavía queda camino por recorrer y que los cambios culturales llevan tiempo, pero también creo que comienzan cuando nos animamos a revisar aquello que durante años aceptamos como parte natural de la vida laboral.
Porque la maternidad no debería convertirse en una prueba permanente de nuestra capacidad para sostener una carrera profesional, y las empresas tienen mucho que demostrar sobre su propia capacidad para acompañar esa etapa con respeto y madurez.
Al final, la cultura de una organización se refleja en la experiencia cotidiana de las personas que forman parte de ella, en cómo se construye la confianza, en el lugar que encuentran las diferencias y en las decisiones que se toman cuando los valores que se promueven necesitan ponerse en práctica. Y quizás ahí esté una de las reflexiones más importantes que me deja esta etapa de mi vida: las culturas laborales también se definen por aquello que elegimos permitir, especialmente cuando tenemos la responsabilidad de cuidar a otras personas.
Si esto te resonó, hay mucho más. Estoy construyendo una comunidad de madres trabajadoras que no quieren elegir entre su carrera y sus hijos. Porque no hay que elegir.
— Vane Omm ✦VANE OMM
Mamá de Alba y de Juana, que viene en camino. Comunicadora y creadora de contenido. Escribo sobre maternidad y mundo laboral — sin filtro, sin poses, sin pretender tener todas las respuestas.